La maldición del We-Vibe 4

Queridos míos, acompañadme a ver esta triste historia…

6 de enero de 2016, noche de Reyes, en mis ojos el brillo de la ilusión y en mis manos una pequeña cajita envuelta en papel de colores, en su interior, la recompensa por todo un año de comportamiento ejemplar, había sido una buena chica, y por fin tenía en mi poder ese juguete que toda niña ansía. El we-vibe 4 plus.

Para quien no sepa de que se trata haré una breve descripción. El we-vibe es un juguete sexual con forma de una especie de pinza, en cada uno de sus extremos lleva un motor estratégicamente colocado para que la vibración recaiga en dos sitios clave, el punto G y el clítoris. Lo que hace especial a este aparatito es que tiene control remoto, a través de bluetooth lo vinculas a tu smartphone, que hace de mando a distancia, y la guinda del pastel, puedes enviar un link a tu compi de juegos para que sea éste quien desde su móvil tome el control del vibrador. Diver, ¿No os parece?

A mi también, pero un halo de misterio y oscuridad envuelve a este juguete mío, lleva más de dos años en mi haber y todavía no ha sido usado para lo que se concibió, pero eso no es todo, con el paso del tiempo he llegado a la conclusión de que una extraña maldición alberga en su interior, y es que, tras ser mencionado a cualquiera de mis amantes, éstos desaparecen de mi vida sin llegar a estrenar el maldito cacharro del averno, el último de ellos con tanta rapidez, que cuando pestañeé, él ya estaba metido en un taxi y yo buscando el número de emergencias.

Todo parecía ir sobre ruedas, la típica historia que empieza cuando un amigo te presenta a su amigo, y os gustáis, os daís los telefonos, os enviais watsapps, planeáis cosas como visitar castillos, comer platos típicos e ir juntos a las fiestas de tu pueblo en verano, sin haber follado ni nada, porque aunque aun no lo conoces, sabes que te gusta, y parece que le gustas, así que ni por un minuto dudas lo bien que lo pasarías viendo el mundo arder con él.

Como decía, iba todo bien, todo sucedía en el orden correcto en el que han de suceder las cosas. De las miraditas pasamos a las indirectas, de las indirectas a las directas, y de ahí, a hacerle la proposición de que viniera a casa, mientras nos besábamos empotrada contra la pared de la puerta del baño de un bar cualquiera.

En un fatídico momento de la noche, se me ocurrió mencionar que disponía de dicho aparatito, y parecía que la idea de hacer un buen trabajo en equipo en un lugar público, le parecía de todo, menos una mala idea, así que acordamos quedar solos “para ir a tomar algo” al día siguiente también. Todo OK.

Y sin saberlo, la maldición del we-vibe había caído sobre aquel chico también. Faltó solamente que un inmenso rayo cruzara el cielo para hacérmelo saber.

Teníamos un plan, teníamos ganas, teníamos todo lo que había que tener, para al menos, pasar una noche divertida, y unas copas de más, para que engañarnos, también teníamos. Pagamos la cuenta y salimos a la calle, no recuerdo exactamente en que momento la conversación dio un giro dramático a los acontecimientos, pero el caso es que la maldición surtía efecto y provocó en el un brote de… ¿sinceridad? Y acabó confesando que tenía una especie de novia -Lo que yo llamo cariñosamente, ornitorrinco, que no es novia, pero que te importa lo bastante como para no follarte a otra- Que la cosa no marchaba, que la pobre chica estaba estresada y pasando una mala época por la presión de los exámenes, que quería acabar esa relación cuando estuviese en un mejor momento, y que entonces, sólo entonces, podría seguir el curso de lo que casi habíamos empezado. De manual.

Sinceramente, de corazón, espero que después de tanto drama, al menos, lo apruebe todo con nota.

Y me fuí caminando por la plaza de Callao, con toda la dignidad que logré recoger del suelo, para terminar de perderla con quien me obsequió con aquel objeto maldito. Porque chica, la dignidad y la fidelidad, a mi juicio, siempre han estado sobrevaloradas. Vivir es lo único que tiene valor, ser feliz como sea, aunque sea a parches.

Llevo dos días pensando que pasó, preguntándome que hice mal, y cuándo lo hice, y de repente caí en la cuenta de que no era yo, sino la magia oscura de mi puto vibrador.

Incontables hombres rudos han caído sólo con nombrar “al que no debe ser nombrado” tengo en mi poder, sin saberlo, un horrocrux, un pedazo del alma corrompida de “quien tú sabes”, un artefacto cuyo poder es malograr cualquier tipo de relación. Ahora lo sé.

Mil veces he pensado en deshacerme de el, pero joder, es un juguete muy caro y aun no lo he estrenado como es debido, y, como esta es mi historia, le voy a dar un toque romántico, porque si, porque me da la gana a mi, y punto. Me voy a convertir en una princesa que no necesita ser salvada, y solamente aquel que logre romper la maldición y hacer que me corra en un bar hasta arriba de gente tocando la pantalla de su móvil, será merecedor de orgasmos de cuento de hadas y de una vida sexual a mi lado, digna de ser narrada.

Porque mi príncipe azul no se asusta y sale corriendo, ni me niega, ni me esconde. Mi príncipe azul es un pervertido y no quiere que sea princesa, me quiere a mi, con mis locuras, mis vibradores, mi lívido desatada y mi bulimia mental.

Y ésta, queridos míos, es la historia recurrente de mi vida, ésta es mi triste historia. La historia de una mujer fuerte, libre y valiente, adicta a los trastos que vibran. La historia de una mujer que empieza a asumir que acabará sóla y sin gatos, porque les tengo alergia.

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