ÉRASE UNA VEZ… ALMA, LA GUERRERA.

Hoy queridxs, os voy a contar un cuento, el cuento de una princesa que no fue rescatada por ningún príncipe, y de cómo el feminismo, la salvó de las enaguas y el corset; de dragones disfrazados con traje azul y la convirtió en guerrera.

Alma era una princesa, que al igual que muchas (otras tuvieron peor suerte), nació y vivió en un castillo de cristal, con sus padres, el rey y la reina y sus tres hermanos príncipes.

El castillo donde vivía tenía un jardín enorme, dónde se podía correr, jugar, trepar arboles y cazar bichos, a ella le encantaba hacer todo eso con sus hermanos y vecinos, pero eso si, para no enfadar a su padre el Rey, debía hacerlo con cuidado de no manchar sus vestidos ni despeinar su preciosa melena rubia. Ella debía comportarse como se esperaba, ser dulce y sonriente, e ir siempre inmaculada, pues las princesas no iban llenas de barro y con el pelo revuelto.

La mayor parte del tiempo, cuando el rey no estaba, la reina la dejaba ponerse pantalones y hacer cosas de chicos, era libre para pelear con los niños que se reían de ella y la llamaban espagueti, para revolcarse en el suelo con su querido perro Mojito, y para caerse al estanque de palacio intentando coger ranas y renacuajo; sin embargo, cuando familiares y amigos de otras cortes venían a visitarles, ella debía sonreír mucho y estar calladita, sentada leyendo algo, y si algún niño se metía con ella, debía comportarse y no pegarle, pues esto quería decir que le gustaba, y debía sentirse dichosa por ello.

Y así creció Alma, feliz, aunque contenida, porque las chicas y los chicos no eran iguales.

Los reyes le decían que algún día se enamoraría de un príncipe azul, uno cuyo reino sería más grande incluso que el de su padre, que tendrían hijos, que vivirían felices y que comerían perdices, y que si las cosas se ponían feas, no habría de que preocuparse porque su príncipe siempre acudiría a rescatarla de cualquier peligro, nadie la advirtió de que aquello era realmente lo peligroso, y que de éstos debería rescatarse ella misma, porque hay por ahí muchos príncipes malvados, que hacen daño a las princesas.

Un día, una fuerte tormenta sacudió el cielo, arrastró casas, caballos, carruajes, y con ellos,también se llevó la vida del príncipe Jorge, que se fue con la tormenta a un mundo donde los príncipes, podían enamorarse de otros príncipes, y también podían ser princesas, o doncellas, y a nadie le importaba, porque a donde se fue Jorge, el amor era sólo amor y daba igual a quien quisieras o como fueras. Pero ella se quedó en el mundo dónde nadie es libre, echando de menos al hermano que tampoco sabía ser lo que se esperaba de él, al que la comprendía y la llevaba a todos lados con él, al que le decía que ella podía ser lo que quisiera, y que las chicas también podían ser guerreras.

La vida siguió en Palacio, aunque sin Jorge todo era un poco más gris, después de su marcha ya no se volvió a ver otro arcoíris en el reino.

Alma soñaba con recorrer los escenarios de otros reinos, y con emocionar a las gentes de todo el mundo dando vida a los personajes que otros y que ella misma escribía en un papel, contando historias que la hacían volar y viajar sin moverse de su asiento, pero el rey tenía otros planes para ella y nunca se lo permitió, debía estudiar algo propio de su condición, encontrar un marido digno para ella, uno que le diese todo lo que merecía, que cuidara de ella cuando él faltara, que le diese hijos, para poder convertirse en una mujer completa.

En el fondo, Alma, sabía que aquello no era para ella, pero no se rebeló más de la cuenta, al fin y al cabo, ¿que otras cosas podrían hacer las princesas?

Creció y se enamoró, no de un príncipe, sino del mozo que arreglaba los carruajes cuando alguno se rompía, la reina no le dio mayor importancia a este hecho y el rey, aunque a regañadientes, terminó aceptando a aquel chico que en su ausencia cuidaría bien de su pequeña, sabía que tenía buen corazón y que la amaba, y eso era lo más importante.

Alma se fue a vivir con aquel muchacho, que pronto se convertiría en su esposo, a una pequeña casita cerca del reino de sus padres, su madre, la reina, le pedía en secreto que no se convertirera en la mujercita de nadie, que volara y que no dejase de hacer nunca aquello con lo que soñaba, pero lo hacía con la boca pequeña, sin terminar de creer que eso fuera posible, pero con la esperanza de que su princesita, no tropezase con la misma piedra que ella y lograra saltar ese obstáculo invisible que te acompaña solamente por nacer princesa.

En la víspera de las nupcias, el rey murió y entonces todo cambió, la boda se suspendió, la fortuna que poseían se esfumó y la reina cayó muy enferma, todo se volvió una pesadilla.

Otra obligación de las princesas es cuidar de las personas enfermas, pero ella no logró estar a la altura de las circunstancias, no fue lo suficientemente fuerte ni hacer bien lo que todos esperaban, lo hizo a su manera, como supo, pero no era la buena; entonces enfermó de pena y cuando otra gran tormenta se llevó a la reina, todos en su familia, menos su hermano mayor, el príncipe Salvador, le volvieron la espalda y jamás volvieron a querer saber de ella. Pero pese a tanta desgracia y sin ser consciente, ella tenía alma de guerrera, y con la ayuda de quienes se quedaron a su lado, que fueron pocos, pero valían por cientos, la princesa salió adelante.

Fue entonces, con tanta soledad en el corazón, cuando sintió que debía encontrar un príncipe que cuidara de ella y la hiciese feliz, crear una familia que fuera suya otra vez, y que deshiciese el nudo que tenía atado por todo el cuerpo, pensó que esa era la única solución, y como los príncipes no aparecían, decidió salir ella a buscarlos.

Cada vez que conocía a alguno hacía todo eso que le habían enseñado de pequeña, se ponía sus vestidos más bonitos, maquillaba su cara con una sonrisa, hablaba poco y asentía casi siempre, pero aquello tampoco funcionaba, complacerles en todo nunca hacía que la quisieran más, así que como no daba con la fórmula y nadie venía a rescatarla, recordó las palabras de su madre antes de su boda, y empezó a hacer todo lo que quería.

Los tiempos habían cambiado, Alma ya no era princesa, era la mujer que quería ser, y no le importaba lo que pensaran los demás, o al menos eso creía ella. Durante todo ese tiempo consiguió grandes cosas, se liberó, y pisó muchos fregados, de hecho, pasaba de uno al siguiente sin pisar nunca suelo que estuviese seco, los príncipes aunque necesarios, eran secundarios en su vida, los olvidaba cuando se iban en su caballo con la misma facilidad con la que habían aparecido; escribió historias y con ellas emocionó a la gente, incluso ayudó a mejorar la vida de muchas personas con problemas en sus juegos de alcoba, dio vida a los personajes de otros y a los suyos propios, pisó algún que otro escenario y hasta tuvo un programa en una emisora local, porque a estas alturas del cuento, queridxs, ya se había inventado la radio. Sin príncipes, la vida no estaba tan mal!

Un día alguien le habló de un mundo secreto y oscuro, en ese mundo no habían princesas, ni príncipes, sino Amos y sumisas, y los castillos tenían mazmorras, en ese mundo, supuestamente, uno era libre de elegir sus propias cadenas, y como a veces, la libertad pesa mucho y es dificil arrastrarla cuesta arriba, Alma, decidió visitar aquellas tierras para ver si su equipaje se le hacía más liviano, y para allá que se fue, sin tener ni idea de que allí, la estaba esperando el mismísimo diablo…

CONTINUARÁ…

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